Atrás quedaron las rojas tierras del anciano cacique Lemún, descendiente de indomables mocetones que mantuvieron a raya, durante siglos, a la cruz y a la espada, atrás quedó la vieja y humosa capital de Don Pedro y Doña Inés, atrás quedaron las interminables plantaciones de pinos y eucaliptus, que ahogaron y reemplazaron los verdes follajes de ese paraíso que fue la altiva y sacrificada selva araucana, tapizada en el pasado de frondosos raulíes, esbeltos pellines, olorosos laureles y tantos más. Atrás quedó el escarnecido Bío-Bío, regado de lágrimas ancestrales, atorado de arena, heces y malolientes residuos de las grandes fábricas, atrás quedó la Patagonia gélida, imponente y hermosa, la Trapananda de los sueños, donde las almas de Tehuelches, Chonos, Yaganes y Alacalufes vagan desconsoladamente por los yermos páramos y las desmembradas costas.
Ahora aquí, donde como telón de fondo se yerguen las imponentes fraguas de vulcano, siempre emponchadas de nubes y con sus pies bañados por el dulce mar de Pérez Rosales, pienso que los años han pasados raudos, ¡diría más!, veloces, tan veloces como si no fuera cierto, han transcurrido más de diez lustros, desde que bajo la corona de hierro del encajonado y alegre río Malleco, después de refrescantes baños, junto a tantos amigos de la infancia, me tendía de espaldas en las piedras o en la arena, envuelto en la calidez del sol estival, hilvanando sueños, mirando pasar raudas las nubes de mil formas, compitiendo veloces por esa cancha azul del cielo infinito, pensando con deleite en las rojas cerezas de diciembre, en el juego de la tarde, en las onces con galletas de miel, en las manos de mi madre y tantas cosas ingenuas que llenaban dulcemente mi vida en ese lejano entonces. Pero todo lo barrió el tiempo cruel e implacable, toda esa infancia dichosa se hizo trizas con la dura realidad de la vida, tempranamente se fue mi madre, los amigos crecieron y desaparecieron, pero esos recuerdos luminosos, verdaderas joyas de la juventud, permanecerán atesorados para siempre en el mejor rincón de mi memoria.
La mayoría de estos relatos surgen de mis propias vivencias, otros son historias que me contaron y algunos creaciones mías. Armando Poo Kutscher.
Creative Commons

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.
martes, 29 de noviembre de 2016
martes, 22 de noviembre de 2016
Los Custodios del Entierro
| Dibujo: Marcelo Poo Rocco |
Ella en esa época, muy joven, fue contratada como maestra en la Escuela Rural Nº 15 (camino de Guadaba a Miraflores) en un lugar llamado San Ramón, ubicado en los faldeos de la cordillera de Nahuelbuta, al sur de la antigua y heroica ciudad de Angol.
Su familia en esos tiempos vivía en Collipulli y ella todos o casi todos los fines de mes viajaba hasta esa ciudad, el itinerario que usaba siempre era el siguiente: cabalgaba desde la escuela hasta la estación ferroviaria de Los Sauces donde abordaba un tren que mediante un transbordo en Renaico, la llevaba hasta Collipulli, por esas ventanillas de los trenes de antaño ella contemplaba pasar veloces los hermosos paisajes sureños que la relajaban y le acortaban el camino para llegar a casa y ver a sus seres queridos.
El domingo por la tarde, después de compartir y disfrutar con su numerosa familia compuesta de papá, mamá y trece hermanos y hermanas, regresaba mediante el mismo sistema de viaje, pero a la inversa, hacia su lugar de trabajo. Cuando llegaba a Los Sauces, un alumno de su curso llamado Manuel, Manuelito para ella, llegaba a esperarla montado a caballo y traía el de Elena de tiro, este equino muy manso, en el cual cabalgaba, se lo había regalado don Aurelio, su padre, un muy buen hombre a quien tuve el privilegio de conocer y que por esas fechas se desempeñaba como administrador de un fundo triguero y ganadero en Lolenco, muy cerca de Collipulli.
En la oportunidad en que este hecho ocurrió, es decir esa tarde primaveral de domingo asoleada y calurosa de 1963, fue a esperar a Elena su pupilo, como tantas otras veces. El camino por el cual transitaban, estaba reseco y polvoriento, muy cerrado, rodeado de bosques y pequeñas vertientes, que refrescaban un poco esa cálida tarde, en esos años recorrido solo por caballos, carretas o piños de vacunos. A los costados de esta ruta, pequeños predios se sucedían unos a otros, la mayoría de ellos estaban adornados de trigales, por esos días de un verde profundo, peinados en grandes ondas por las suaves brisas del sur y como una sinfonía de la primavera, miles de abejas batiendo el aire con sus alas de cristal hacían su trabajo eterno e incansable, los zorzales y las tencas le cantaban a esa tarde luminosa, la nota quejumbrosa la ponía el arrullo de las torcazas desde el fondo de los bosques, como anunciando que algo inusual ocurriría.
El chico que la acompañaba, seguramente porque tenía hambre o sed, apuró el tranco de su lloco (caballo) para llegar luego a casa, ella cabalgaba detrás de él, como a una cuadra de distancia, e iba seguramente pensado en lo que haría el lunes con la inquieta muchachada de su curso cuando, por un momento y en forma muy sutil se produjo una especie de quietud silenciosa, las aves no se oían y la fresca brisa austral dejó de mover los trigales, fue como si el tiempo se hubiera detenido por un instante, esto la inquietó y levantó la vista, observó que frente a ella venía caminando un anciano de baja estatura, patichueco y encorvado, vestía pantalones de un tono oscuro con múltiples parches y remiendos, llevaba puesta una manta chica, color del suelo, con tantas hilachas que casi parecían flecos, su cabeza estaba cubierta por un deteriorado sombrero, sumido hasta las orejas, debido a lo cual prácticamente no se le veía la cara, calzaba retobos de lana y rústicas chalas de cuero de vacuno encorrionadas hasta más arriba de los tobillos, su andar era cansino y derrengado y lo hacía con un halo de misterio difícil de entender, al hombro agarrado con sus oscuras y crispadas manos llevaba un raído saco que seguramente contenía todas sus pertenencias terrenales, le acompañaba un perrillo, muy pequeño de raza indefinida que avanzaba cojeando delante de él.
Cuando se cruzaron en el camino Elena lo saludó pero él no levantó la cabeza ni dijo nada, solo pasó a rozar levemente el estribo de su montura, esto le produjo un ligero escalofrío sin saber porqué. La actitud del personaje le pareció muy rara ya que toda la gente de esos lugares acostumbra saludar con amabilidad a las personas que se les cruzan o que se encuentran a la vera del camino, intrigada detuvo su caballo y se volvió a mirar hacia atrás, pero ¡oh sorpresa ! ya no estaban ni el viejo ni el perro, literalmente desaparecieron. Le pareció rara esta insólita situación y se preocupó, apuró el paso de su caballo y alcanzó al niño, le consultó quién era ese personaje tan desatento que no le respondió el saludo, el alumno la quedó mirando con carita de susto, ella le señaló las características del hombre y el can con que se había cruzado, ante esta aclaración el niño le señaló :
¡Señorita yo no vi a nadie!
–y luego exclamó muy asustado: ¡El viejo y el perro!
¿Que pasa ? – le preguntó ella.
El le dijo con voz temblorosa y entrecortada que se trataba de unos fantasmas que se aparecían en ese tramo del camino, dicho esto, picó espuelas y arrancó a galope tendido como si hubiera visto al mismísimo diablo, casi de inmediato se perdió en una nube de polvo y no paró de chicotear su pobre bestia hasta que llegó a la escuela.
Elena, dadas las circunstancias, con preocupación miró para todos lados y sin entender bien lo que le farfulló Manuelito, apuró su pingo y rápidamente llegó al colegio, al lado de la cual había una vivienda en la que pagaba pensión.
Los habitantes de dicha casa estaban reunidos fuera de ella, el niño ya les había contado lo sucedido, después de desmontar les preguntó con preocupación, ¿Que fue lo que pasó en el camino? ¡Quedé desconcertada con lo que me dijo Manuelito, no logré entenderle bien!
Las personas le aclararon muy agitadas que se encontró con la aparición del viejo y el perro, le señalaron que con anterioridad también los vieron otras personas, algunas de las cuales casi se murieron de susto, pues sabían acerca de esa historia, a la vez le aclararon que no les hacían ningún mal a las personas con las que se cruzaban, después de esta explicación le preguntaron si vio bien donde desaparecieron, ya que según una antigua leyenda en ese lugar había un entierro de mucho valor, Elena no lo pudo precisar, pues no tenía idea de que en ese tramo del camino se presentaba esta pareja tan singular, Manuel que estaba en el grupo, ya más calmado, le aclaró que no vio ni se cruzó con estos personajes, tampoco observó que entraran al camino por ningún lado, debido a esto, quedó muy claro que ese día solo ella los pudo contemplar.
Posteriormente transitó muchas veces por esa misma ruta, siempre con un poco de susto, pensando que sí esta vez se iba a fijar donde desaparecían, pero nunca más volvió a encontrarlos.
Con este acontecimiento pasó a integrar la corta lista de las personas que se han cruzado con este dúo enigmático e incorpóreo, lo que si le quedó grabado para siempre fue el instante en que el anciano le tocó el estribo de su montura cuando no le respondió el saludo.
Lo que aquí he señalado es verdadero y le ocurrió a Elena Venegas González, la Nenita como le dice cariñosamente don Choti, su homo fidelis, profesora normalista hoy ya pensionada, que atesora en su corazón éste y muchos otros recuerdos hermosos de sus años de juventud, entregados a la enseñanza de generaciones de niños en los faldeos de la cordillera de Nahuelbuta.
El mentado entierro, es probable que siga allí, aún nadie ha visto el lugar exacto en que desaparecen el viejo y el perro, quizás algún día, alguien a quien se le aparezca este par de duendes misteriosos, pueda hallarlo y disfrutar de las míticas riquezas que posiblemente están enterradas a la orilla de ese antiguo y polvoriento camino.
A lo mejor todo lo del tesoro fabuloso, es sólo un cuento de viejas o una historia creada alrededor de una fogata y allí hay enterrado solo sueños.
Lo que si es cierto, es que por esos lugares transitan un par de almas en pena, que quieren recordarnos a los que hoy caminamos por este mundo, que la vida sí es un verdadero tesoro invaluable, para que la cuidemos y disfrutemos y no nos ocurra la desdicha de perderla trágicamente como a ellos seguramente debe haberles sucedido.
jueves, 17 de noviembre de 2016
La Tórtola y el Álamo
La primavera vestida de verdes infinitos y el verano con sus soles rutilantes se habían ido, el otoño teñía de oro viejo el valle donde el orgulloso álamo, ya por muchos años, hundía sus raíces en la madre tierra. Nació allí cuando los espacios eran más amplios, sus compañeros más numerosos, el aire más diáfano y las aguas cristalinas, pero el siempre estuvo solo. Por su porte y gallardía de gran señor sobresalía sobre todos los demás, los amaba como un padre o un hermano, sufría cuando alguno de ellos caía abatido por el tiempo o el implacable filo del hacha, pero el siempre deseó encontrar a alguien a quien amar de verdad y poder abrirle su alma.
Envidiaba a sus hermanos, cuando las aves se posaban en sus ramas, hacían sus nidos, se amaban y recibían el sol de la mañana con una algarabía de trinos y lo despedían por la tarde también cantando. Le agradaba la eterna alegría de vivir de las avecillas, pero a el no llegaban, sus altas ramas eran mecidas constantemente por el viento y a los pajarillos no les complacía eso.
Pero un día luminoso de otoño, una joven y hermosa tórtola cruzó frente a el, la delataba la suave plumilla que asomaba por su lustroso plumaje, su confianza en el mundo, su dulce mirada, había nacido solo en la primavera reciente, voló grácilmente hacia un extenso potrero, la vio posarse entre el rastrojo de girasoles a buscar sus deliciosas y apetecidas semillas, de vuelta por la tarde, cansada giró en torno a él, si hubiera podido habría estirado sus ramas y aumentado su follaje para ofrecerle un descanso, pero ella siguió y se detuvo en un frondoso sauce, se acicaló y arrellanó en sus ramas, llegó la fría noche y se durmió, el álamo quedó triste, pero pensó en el nuevo día y dijo para si, mañana estaré en mis mejores formas, mis hojas las tendré más hermosas y doradas, me moveré muy suavemente con los vientos del norte y ella llegará hasta mi.
Despuntó el nuevo día luminosamente, se desperezó el valle, la leve niebla huyó hacia los montes, renació la vida dormida, nuestro espigado árbol palpitó con la suave brisa matutina, la vio acomodar su plumaje, lanzó un suave arrullo y saltó suavemente al vacío, tembló, más ella desplegó sus jóvenes alas como una bailarina de ballet, pasó tan cerca casi tocando sus hojas y planeó hacia el fondo del valle. Corrió dolorosamente el día para el álamo, estaba allí clavado al suelo y sus hojas como lágrimas, tapizaban lentamente la tierra y pensaba si fuera primavera y mi follaje fuera nuevo, en esas tristes cavilaciones estaba cuando la vio regresar, vino directamente a él, se sorprendió y tembló entero, ella voló dos veces en su contorno, disminuyó levemente su velocidad, giró su cuerpo y se detuvo en su rama más añosa, gruesa y protectora, miró con precaución a todos los rincones, se acomodó, dobló sus leves extremidades, apoyó su pecho en la rama, escarmenó su plumaje, se quedó quieta mirando como el sol terminaba un nuevo recorrido, dos tiernos arrullos escaparon de su garganta antes que la luz se apagara en el horizonte, puso su cabecita bajo una de sus alas, confió en el árbol que la sustentaba y se durmió.
Desde el momento en que ella se detuvo en su alto ramaje, se quedó quieto como aletargado de felicidad, sintiendo su suave peso y su leve respirar, y se dijo, ella confía en mi. Su felicidad no se podía medir en esos instantes, estuvo toda la noche como una madre acunando a su hijo en brazos, nada hizo que la asustara o la sacara de su dulce sueño, era hermosa, de finas líneas, la amaba desde siempre, la espero desde que era un frágil arbolillo.
Completó la clara, fría y romántica luna, su camino a través de la noche, se fue por detrás del mar mirando de reojo como el astro rey, majestuosamente remontaba las altas cordilleras. La claridad despertó a la tortolilla, se desperezó y miró alrededor, alisó sus plumas, se paró y saltó al espacio, tembló de nuevo el árbol, mas ella grácilmente voló hacia la niebla sutil que aún cubría el adormilado valle, por el fondo del cual, ya hacía bastante tiempo, cruzaba una ruidosa carretera, un par de vehículos se desvió de ella y avanzaron tierra adentro, se detuvieron, de ellos bajaron compuestos cazadores, el ya los conocía, como hubiera querido gritar a su tortolilla amiga, pero estaba mudo, temblando sintió el estruendoso retumbar de los disparos, huyeron despavoridas las aves, el álamo estaba muriendo por dentro, era insoportable esa larga espera, cuanto deseó en esos instantes poder volar para acompañarla y protegerla. No la vio venir, ella llegó por detrás de él, preocupada y asustada por aquello que desconocía, se detuvo en la misma rama, pensó el decirle mil cosas, quédate aquí, no te muevas, yo te protegeré con mis ramas, tengo ya tantas heridas que han sanado, mil más por ti las soportaré sin queja, como deseaba en esos instantes haber tenido apetitosos frutos, para que ella pudiera alimentarse sin tener que arriesgarse en el llano, y así, cada vez que ella partía por las mañanas, moría lentamente, renacía con su vuelta, era todo su mundo, la llegada de la noche lo embargaba de felicidad, era suya, la sentía parte de él, la adoraba, deseaba que las horas se detuvieran eternamente, sus días giraban en torno a ella, llegó a odiar al sol que le daba la vida, por que con su luz se la quitaba.
Avanzaba el otoño y se iba quedando desnudo, sabía que su suerte estaba echada, ella se iría, pero se aferraba como un náufrago a un madero de que esto no sucedería, que ella viviría eternamente en el, más sufría intensamente. Su miedo y su temor ante lo inevitable no se podía ni siquiera asemejar a la cruel jugada que le tenía deparado el destino, una gélida y nebuloso mañana de finales de otoño, cuando aun oscuras brumas como velos cubrían el valle, varios cazadores ingresaron a él, trajes crípticos, hermosas armas, pasos silenciosos, voces quedas se ubicaron en estratégicos lugares en espera de la llegada de las aves, quebró la paz del valle el ensordecedor estruendo del primer disparo, fue un sacrilegio a la quietud y una afrenta a la belleza indescriptible del amanecer, lo siguieron muchos más, con cada uno de ellos el temor del álamo se acentuaba, pero como siempre confiaba en la buena suerte de su amada para salir indemne de estos trances. La vio venir volando recto pero dificultosamente, con gran esfuerzo alcanzó su rama preferida, sintió como si una estocada lo hubiera atravesado, escuchó su respiración entrecortada, profusas gotas de sangre humedecieron su corteza, una espumilla rosada broto de sus pequeñas fosas nasales, se echó en la rama, tembló su pequeño cuerpo, dobló su bella cabecita y se quedó quieta.
Abajo se sintieron gritos de cazadores, ¡allá está!, exclamó uno, dispararon muchas veces hacia la gruesa rama, más el ave no cayó, el árbol quedó desgarrado por cientos de dolorosa llagas, la sangre de la tórtola empapó las heridas del álamo, mezclándose con su savia, al secarse ambas, quedaron unidos indisolublemente, fundiendo en uno solo sus lastimados cuerpos.
El que tanto la amaba y que deseó mil veces tenerla junto a él, ahora era su dueño para siempre, pero a que precio, quedó convertido en su catafalco, con sus laceradas ramas elevadas hacia el cielo, mostrando el frío y frágil cuerpecillo de su amada. Cuanto esperó y cuan efímera fue la alegría, que terrible destino le había correspondido, todo fue como un suspiro, siempre los tiempos hermosos son tan cortos y las esperas y sufrimientos infinitos.
Lo despojó el crudo invierno de sus últimas hojas, solo quedó con su tortolilla llorando por sus heridas, deseando que un rayo, una tormenta o el filo de un hacha pusieran fin a su sufrir. Cuando vio venir al leñador en ese frío amanecer y sintió desgarrarse su tronco con los certeros cortes del acero, una gran paz interior lo embargó, cayó pesadamente, se quebraron muchas de sus ramas, pero aquella a la que estaba unido el pequeño cuerpo del pájaro no se desprendió, miró el labriego su obra, recorrió el alargado despojo, afirmándose en el astil de la herramienta, fijó su mirada en la rama donde aun permanecía el resto del ave y dijo para si, como preguntándose, ¡que raro, a este viejo álamo le estaban saliendo plumas! ¿Habrá querido volar?.
Envidiaba a sus hermanos, cuando las aves se posaban en sus ramas, hacían sus nidos, se amaban y recibían el sol de la mañana con una algarabía de trinos y lo despedían por la tarde también cantando. Le agradaba la eterna alegría de vivir de las avecillas, pero a el no llegaban, sus altas ramas eran mecidas constantemente por el viento y a los pajarillos no les complacía eso.
Pero un día luminoso de otoño, una joven y hermosa tórtola cruzó frente a el, la delataba la suave plumilla que asomaba por su lustroso plumaje, su confianza en el mundo, su dulce mirada, había nacido solo en la primavera reciente, voló grácilmente hacia un extenso potrero, la vio posarse entre el rastrojo de girasoles a buscar sus deliciosas y apetecidas semillas, de vuelta por la tarde, cansada giró en torno a él, si hubiera podido habría estirado sus ramas y aumentado su follaje para ofrecerle un descanso, pero ella siguió y se detuvo en un frondoso sauce, se acicaló y arrellanó en sus ramas, llegó la fría noche y se durmió, el álamo quedó triste, pero pensó en el nuevo día y dijo para si, mañana estaré en mis mejores formas, mis hojas las tendré más hermosas y doradas, me moveré muy suavemente con los vientos del norte y ella llegará hasta mi.
Despuntó el nuevo día luminosamente, se desperezó el valle, la leve niebla huyó hacia los montes, renació la vida dormida, nuestro espigado árbol palpitó con la suave brisa matutina, la vio acomodar su plumaje, lanzó un suave arrullo y saltó suavemente al vacío, tembló, más ella desplegó sus jóvenes alas como una bailarina de ballet, pasó tan cerca casi tocando sus hojas y planeó hacia el fondo del valle. Corrió dolorosamente el día para el álamo, estaba allí clavado al suelo y sus hojas como lágrimas, tapizaban lentamente la tierra y pensaba si fuera primavera y mi follaje fuera nuevo, en esas tristes cavilaciones estaba cuando la vio regresar, vino directamente a él, se sorprendió y tembló entero, ella voló dos veces en su contorno, disminuyó levemente su velocidad, giró su cuerpo y se detuvo en su rama más añosa, gruesa y protectora, miró con precaución a todos los rincones, se acomodó, dobló sus leves extremidades, apoyó su pecho en la rama, escarmenó su plumaje, se quedó quieta mirando como el sol terminaba un nuevo recorrido, dos tiernos arrullos escaparon de su garganta antes que la luz se apagara en el horizonte, puso su cabecita bajo una de sus alas, confió en el árbol que la sustentaba y se durmió.
Desde el momento en que ella se detuvo en su alto ramaje, se quedó quieto como aletargado de felicidad, sintiendo su suave peso y su leve respirar, y se dijo, ella confía en mi. Su felicidad no se podía medir en esos instantes, estuvo toda la noche como una madre acunando a su hijo en brazos, nada hizo que la asustara o la sacara de su dulce sueño, era hermosa, de finas líneas, la amaba desde siempre, la espero desde que era un frágil arbolillo.
Completó la clara, fría y romántica luna, su camino a través de la noche, se fue por detrás del mar mirando de reojo como el astro rey, majestuosamente remontaba las altas cordilleras. La claridad despertó a la tortolilla, se desperezó y miró alrededor, alisó sus plumas, se paró y saltó al espacio, tembló de nuevo el árbol, mas ella grácilmente voló hacia la niebla sutil que aún cubría el adormilado valle, por el fondo del cual, ya hacía bastante tiempo, cruzaba una ruidosa carretera, un par de vehículos se desvió de ella y avanzaron tierra adentro, se detuvieron, de ellos bajaron compuestos cazadores, el ya los conocía, como hubiera querido gritar a su tortolilla amiga, pero estaba mudo, temblando sintió el estruendoso retumbar de los disparos, huyeron despavoridas las aves, el álamo estaba muriendo por dentro, era insoportable esa larga espera, cuanto deseó en esos instantes poder volar para acompañarla y protegerla. No la vio venir, ella llegó por detrás de él, preocupada y asustada por aquello que desconocía, se detuvo en la misma rama, pensó el decirle mil cosas, quédate aquí, no te muevas, yo te protegeré con mis ramas, tengo ya tantas heridas que han sanado, mil más por ti las soportaré sin queja, como deseaba en esos instantes haber tenido apetitosos frutos, para que ella pudiera alimentarse sin tener que arriesgarse en el llano, y así, cada vez que ella partía por las mañanas, moría lentamente, renacía con su vuelta, era todo su mundo, la llegada de la noche lo embargaba de felicidad, era suya, la sentía parte de él, la adoraba, deseaba que las horas se detuvieran eternamente, sus días giraban en torno a ella, llegó a odiar al sol que le daba la vida, por que con su luz se la quitaba.
Avanzaba el otoño y se iba quedando desnudo, sabía que su suerte estaba echada, ella se iría, pero se aferraba como un náufrago a un madero de que esto no sucedería, que ella viviría eternamente en el, más sufría intensamente. Su miedo y su temor ante lo inevitable no se podía ni siquiera asemejar a la cruel jugada que le tenía deparado el destino, una gélida y nebuloso mañana de finales de otoño, cuando aun oscuras brumas como velos cubrían el valle, varios cazadores ingresaron a él, trajes crípticos, hermosas armas, pasos silenciosos, voces quedas se ubicaron en estratégicos lugares en espera de la llegada de las aves, quebró la paz del valle el ensordecedor estruendo del primer disparo, fue un sacrilegio a la quietud y una afrenta a la belleza indescriptible del amanecer, lo siguieron muchos más, con cada uno de ellos el temor del álamo se acentuaba, pero como siempre confiaba en la buena suerte de su amada para salir indemne de estos trances. La vio venir volando recto pero dificultosamente, con gran esfuerzo alcanzó su rama preferida, sintió como si una estocada lo hubiera atravesado, escuchó su respiración entrecortada, profusas gotas de sangre humedecieron su corteza, una espumilla rosada broto de sus pequeñas fosas nasales, se echó en la rama, tembló su pequeño cuerpo, dobló su bella cabecita y se quedó quieta.
Abajo se sintieron gritos de cazadores, ¡allá está!, exclamó uno, dispararon muchas veces hacia la gruesa rama, más el ave no cayó, el árbol quedó desgarrado por cientos de dolorosa llagas, la sangre de la tórtola empapó las heridas del álamo, mezclándose con su savia, al secarse ambas, quedaron unidos indisolublemente, fundiendo en uno solo sus lastimados cuerpos.
El que tanto la amaba y que deseó mil veces tenerla junto a él, ahora era su dueño para siempre, pero a que precio, quedó convertido en su catafalco, con sus laceradas ramas elevadas hacia el cielo, mostrando el frío y frágil cuerpecillo de su amada. Cuanto esperó y cuan efímera fue la alegría, que terrible destino le había correspondido, todo fue como un suspiro, siempre los tiempos hermosos son tan cortos y las esperas y sufrimientos infinitos.
Lo despojó el crudo invierno de sus últimas hojas, solo quedó con su tortolilla llorando por sus heridas, deseando que un rayo, una tormenta o el filo de un hacha pusieran fin a su sufrir. Cuando vio venir al leñador en ese frío amanecer y sintió desgarrarse su tronco con los certeros cortes del acero, una gran paz interior lo embargó, cayó pesadamente, se quebraron muchas de sus ramas, pero aquella a la que estaba unido el pequeño cuerpo del pájaro no se desprendió, miró el labriego su obra, recorrió el alargado despojo, afirmándose en el astil de la herramienta, fijó su mirada en la rama donde aun permanecía el resto del ave y dijo para si, como preguntándose, ¡que raro, a este viejo álamo le estaban saliendo plumas! ¿Habrá querido volar?.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)